Cabo San Lucas, 14 de junio
Hace millones de años llegó el cactus,
vencedor del Cíclope, al reino de esta Tierra.
Llegó caminando desde las aguas hacia las playas de Baja.
La Tierra lo vio en la distancia y muy curiosa
salió a darle la bienvenida.
Ambos se presentaron con un beso,
intercambiaron un par de palabras,
acordaron verse de nuevo.
Fue un amor a primera vista.
Sin embargo, la Tierra se excusó.
No podía quedarse mucho tiempo:
debía recibir a otros refugiados del mar,
donde la situación política no estaba muy bien que digamos.
Para seducirla,
una noche el cactus enamorado invitó a la Tierra a salir,
vistió sus mejores púas,
bajo las estrellas del verano
y las puso en las mejillas de su amada
sentados a orillas del Pacífico.
El amor fue evidente.
Tras largo noviazgo,
los amantes se casaron bajo la doctrina del mar,
tuvieron a Venus y a la luna como testigos.
La feliz pareja se instaló en las colinas del desierto
e hicieron el amor por millones de años
tirados como morsas bajo el sol ardiente de Baja.
Después de mucho tiempo,
hace diez mil años más o menos,
llegaron los primeros pasos,
algunos dicen desde el Norte,
otros dicen desde el Sur.
Al principio, el cactus y su amada se asustaron
y se refugiaron en el mar.
Desde allí los observaban furtivamente entre las algas.
Pero, un día, la piel de los primeros pasos se confundió con el de la Tierra
y sus hijos
--salidos del maiz--
levantaron casas cobrizas con su barro.
Muchos años después vendrían pasos con perros famélicos,
mudos de Jerez y con pedacitos de madera en el cuello
en los que colgaba un hombre muerto y sangrante
al que llamaron hijo del Cordero del Hombre.
Los cactos y la tierra no los reconocieron.
Durante las festividades de la abundancia,
hueso por hueso, medida por medida,
terminaron por comérselos.
Los malos pasos fueron borrados por las manos del desierto.
1
Luego vinieron pasos llenos de sangre,
con cuervos sobre los hombros
y flautas que disparaban muerte.
Vinieron en trenes y caballos,
en carrozas y barcos.
Un día,
estos nuevos pasos, ebrios de agave,
desearon las caderas de la tierra
y trataron de violarla.
Pero el cactus enfurecido se alianzó con los primeros pasos
y tras larga batalla digna de Homero,
terminaron por lanzarlos al Río Bravo donde se ahogaron.
Largos años pasaron
en los cuales los hijos de los nuevos pasos mataron a sus padres,
las padres a sus hijos, etc.
Más tarde llegaron otros pasos mucho más sofisticados y audaces.
Llegaron en aviones
con casas que conservaban la muerte,
cajas que mataban al más feroz infierno,
y técnicas nuevas
para saber lo que hacían sus vecinos.
Los primeros pasos seducidos por tal magia
firmaron sin pensarlo media vez
un tratado con tinta de hiel
y letras muy pequeñas en los que
—sin saberlo—
vendían sus vidas y las de sus hijos.
Desde entonces la tierra se vende como el elote
en cada esquina.
El cactus se ha refugiado
sobre las lomas de los cerros.
Los primeros pasos ahora caminan descalzos
por las calles de los Cabos.
2
San José del Cabo, 15 de junio, 2 p.m.
Son las 2 p.m. y las calles están desnudas como mi espalda.
Afuera, el sol es un dragón que quema todo lo que toca.
Los perros que ladraron toda la noche también han huido.
He estado tirado en el piso del motel por varias horas
buscando asilo en el frío y mitómano abrazo del concreto.
El ventilador en el techo no es más que una caricia de telenovela,
un sabor amargo,
un simulacro de beso.
De las palmas me brotan peces.
De la frente salen cangrejos.
Prendo la tele para buscar hielo,
pero en cada canal
sólo encuentro las brasas del infierno.
3
San José del Cabo, 15 de junio, 6 p.m.
Llega el crepúsculo a la plaza central
de esta ciudad rodeada por colinas
de oro.
De la nada,
han brotado niñas jugando a ser mujeres,
mujeres jugando a ser otra vez retoños
en medio de esta primavera.
En las esquinas se pueden escuchar tribus de risas,
ex-soldados de la noria,
vendedores de refrescos,
y tamales.
La joven abuela que ayer me regaló el camino a la playa
me mira confundida sentada en la puerta de su casa
preguntándose quizá lo que hago sentado
escribiendo al lado de esta pileta,
o el por qué de mi acento tan florido
y melancólico.
La brisa de la noche ha curado la soledad de esta plaza
y hasta los presos han salido de las cárceles a refrescarse.
4
San José del Cabo 16 de junio – La Paz 17 de junio
Toda la noche he viajado como un cormorán
por las lomas del desierto bajeño.
Toda la noche he conversado con una Mab que nunca llega.
Se quedó en una cantina de Los Cabos,
alguien me dijo después
antes de quedarse dormido.
Miro perdido por la ventana del autobús:
la mañana es un verso color escarabajo
y yo una pequeño sílaba bajo el primer crepúsculo.
5
La Paz, Baja California, 17 de junio
El mar del Golfo de California se adivina alto,
esbelto.
Es un secoya gigante,
un frondoso sabio
que juega en el alba de mis veintisiete años.
Estoy solo.
Contemplo arder las nubes de la primavera
sobre un lecho de flores escarlatas,
de gaviotas que buscan exiliarse de la luna,
de corazones que se juran amor eterno bajo la ley del agua
y estrellas de mar, testigos mudos.
A los lejos hay turistas ebrios
que tratan de conquistar chicas de piel cobriza que venden artesanías y sombreros.
A los lejos hay guías dandiescos
que buscan desbotonar los brasieres de sus clientes.
Desde la playa,
los pescadores los miran desde sus embarcaciones posadas sobre la arena
entre caguamas espumosas y nubes de cáñamo.
“Pinche vida –exclaman— están hechos el uno para el otro.”
Del otro lado de la playa,
prefiero sentarme,
bajo la ley del viento que agita mis papeles,
mis cabellos negros,
mi guitarra que escribe en el silencio.
6
Del viento sale música,
de la tierra se materializan chopos de recuerdos.
Las escucho.
Callo.
Canto.
Escribo.
Resucito.
7
San Diego, 28 de junio
El reloj ha sonado por segunda vez.
Despierto lentamente de un sueño,
de un universo paralelo.
Estoy tirado sobre las sábanas frías
que mi cuerpo ha dibujado durante la noche.
Puedo sentir aún la confusión
onírica que escapa de ellas,
puedo sentir el calor del Mar de Cortés
mezclándose con la humedad fría del Pacífico.
Afuera,
las gaviotas que vuelan de poste en poste
intentan descifrar mi identidad exiliada del exilio,
refugiada en este motel de quinientos pies cuadrados
y respiración de clausura:
Saben que también soy una gaviota
venida de algún nido al sur del imperio de la nieve.
Saben que hoy me enfrentaré al gran monstruo
con sus tigres y con todos sus demonios.
8
San Francisco, 30 de junio
Esta noche llueve en San Francisco.
El Pacífico se deshace sobre sus techos
y sus habitantes corren en fuga
por sus calles violetas.
Los pájaros huyeron temprano.
Dejaron las horas muertas.
Hay Gabrieles en el cielo y Diegos en las paredes.
Yo también recuerdo las cruces en las puertas,
las sávilas en los techos
y los hermanos lejos.
La lluvia toca su percusión húmeda,
y el viento jala su campana de agua.
Los gatos buscan el calentador
y el amor una buena frazada.
Hoy llueve en San Francisco
como llovió hoy
y como lloverá mañana.
Esta noche llueve su angustia en el balcón
y yo me siento a escribir estos versos.
Esta noche llueve, corazón,
y tengo el alma mojada.
9
Vancouver, 3 de julio
Nueve y cincuenta de la mañana
y si no corro perderé el tren a la conciencia.
Corro por las calles de Vancouver
para huir de la lluvia del verano,
de los días repetidos en el mismo escritorio,
de las norias esclavas de la cafetera
que me encadenan a sus engranes,
de la nieve del recuerdo que me ancla a la cama.
Escapo de las llamadas telefónicas,
de los mensajes sin contestar,
de las citas médicas, los doctores y sus enfermedades,
de las radiografías y ultrasonidos,
de los nombres olvidados,
de los vendedores comisionados y su tono fúnebre,
de las tarjetas de crédito cuyas facturas me llegan
envueltas en árboles muertos y navajas multicolores,
de las suscripciones anuales a la máquina que me traga
y me aísla poco a poco.
Corro de los demonios invisibles que tratan de comerme,
de los que creo destruir en el sueño
y que resucitan cada mañana en las noticias,
de la televisión y sus programas turbios,
de los asesinos con permiso para matar niños
y que bajo la ley de Dios y del demonio v
an por los cielos del mundo con bombas de libertad
y mísiles de democracia.
10
Troto esquivando la muerte, la incomprensión
de las monedas, de los que menos alma poseen,
del tráfico que me quiere probar mi piel,
de la carne que reclama más carne,
de la sangre que repite su propia sangre.
Huyo de los policías sin rostro,
de los que quieren arrestarme por estar vivo,
de la cárcel del pensamiento y de la palabra,
de la náusea que me persigue como a un coyote cada mañana,
de los espejos que quieren destruir mi rostro,
de la muerte que me espera cada noche
con una copa y un grito seco.
Corro.
Busco.
Escapo de mis muertos y sus presagios,
de mis musas y de su frágil memoria,
de mi pasado y mi presente que me mira con sus fauces de lobo,
del futuro que es gris y caudaloso
como un mar de lágrimas
donde se bañarán mis errores y malaventuranzas.
11
© Carlos Antonio Pajuelo
pensativo@hotmail.com
Vancouver, Canadá
15 de enero del 2009
Thursday, January 15, 2009
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